El planeta es redondo, como nuestra cabeza, y nos gusta pensar que es para que las ideas puedan dar vueltas y vueltas, y si es preciso, cambiar de dirección.
Llevabamos tiempo tanteando nuestra entrada en Oceanía, y veíamos cómo, de seguir nuestros planes, llegaríamos a Nueva Zelanda, uno de nuestros objetivos principales (dada su belleza y la relativa facilidad para encontrar trabajo), en pleno invierno austral... y esa idea no nos ponía mucho.
En Vietnam lo vimos claro y pensamos que las islas de Tailandia podrían cubrir a las de Malasia e Indonesia... con esto ganabamos bastante tiempo. ¿Y qué hay de Australia? Pues que la cuenta bancaria iba de culo, cuesta abajo y sin frenos y que había demasiado por ver. Lo dejaríamos para más adelante. Decidido pues: ¡entraríamos a Nueva Zelanda a primeros del otoño austral! Dimos con una buena oferta y cantamos el ¡compra-compra!
Habíamos hecho un cambio grande, y seguimos con ese plan. Busqueda de empresas de compra-venta de furgonetas, etc... seguimos con el plan hasta que llegó un cambio mucho mayor, hasta que llegó un Tsunami.
Llevabamos unas cuantas semanas algo preocupados, pendientes de la situación de la abuela de Mikel, bueno, en realidad, hemos tenido sustos por varias partidas casi desde el principio del viaje. De hecho, en el lago Baikal, teníamos los billetes de vuelta a un clic, cuando nos dijeron que el abuelo de Mikel, se estaba riendo de los médicos frente a todas sus expectativas.
Pero esta vez era diferente, la abuela estaba entrando en un estado muy grave. Tras ver clara su evolución decidimos hacernos con los billetes para esa misma semana, para anoche.
Estamos en El Cairo, a sólo un vuelo del final del viaje. Porque volvemos, sí, pero ese no es el
cambio más grande… Volvemos, porque la vuelta más grande e importante, no era en
torno al mundo, sino a nosotros mismos.
Y resulta que de viaje en viraje, entre tanta vuelta, incluso haciendo el pino, hemos encontrado las cosas en su sitio.


