Hace años nos hicimos con un poster para decorar nuestro primer "nidito de amor", una estampa de ensueño tropical que quisimos extender por la pared dándole libertad a nuestra imaginación. Es curioso, porque aquella imagen venía de las playas en las que precisamente pasaríamos nuestros últimos días del viaje.
Un viaje arropado por la luna creciente. Así es como empezamos a caminar, con el deseo de crecer y crecer, de seguir los pasos hacia adelante. Y así, desde que comenzaramos a andar juntos, nuestro camino se ha ido enriqueciendo a cada paso, cogiendo nuevos matices.
Una etapa de nuestra vida finalizó el día que volvimos a Vitoria-Gasteiz, donde fuimos bien recibidos por unos buenos fans "adoskianos" que traían bajo el brazo unos deseadisimos bocadillos de jamón.
Estamos muy contentos y agradecidos de haber realizado este viaje, de haber llegado hasta donde llegamos y de haber vuelto cuando volvimos.
Sólo nos queda agradecer a todas aquellas personas que nos han acompañado en nuestro caminar. Mil gracias a todos: a los que estaban antes, a los que han estado durante, y a los que hemos conocido en el viaje. Os deseamos lo mejor a todos, de todo corazón.
El viaje no acaba aquí. Este viaje no ha sido más que el principio de todo lo que está por llegar. Y es que la vida promete, y mucho.
El planeta es redondo, como nuestra cabeza, y nos gusta pensar que es para que las ideas puedan dar vueltas y vueltas, y si es preciso, cambiar de dirección.
Llevabamos tiempo tanteando nuestra entrada en Oceanía, y veíamos cómo, de seguir nuestros planes, llegaríamos a Nueva Zelanda, uno de nuestros objetivos principales (dada su belleza y la relativa facilidad para encontrar trabajo), en pleno invierno austral... y esa idea no nos ponía mucho.
En Vietnam lo vimos claro y pensamos que las islas de Tailandia podrían cubrir a las de Malasia e Indonesia... con esto ganabamos bastante tiempo. ¿Y qué hay de Australia? Pues que la cuenta bancaria iba de culo, cuesta abajo y sin frenos y que había demasiado por ver. Lo dejaríamos para más adelante. Decidido pues: ¡entraríamos a Nueva Zelanda a primeros del otoño austral! Dimos con una buena oferta y cantamos el ¡compra-compra!
Habíamos hecho un cambio grande, y seguimos con ese plan. Busqueda de empresas de compra-venta de furgonetas, etc... seguimos con el plan hasta que llegó un cambio mucho mayor, hasta que llegó un Tsunami.
Llevabamos unas cuantas semanas algo preocupados, pendientes de la situación de la abuela de Mikel, bueno, en realidad, hemos tenido sustos por varias partidas casi desde el principio del viaje. De hecho, en el lago Baikal, teníamos los billetes de vuelta a un clic, cuando nos dijeron que el abuelo de Mikel, se estaba riendo de los médicos frente a todas sus expectativas.
Pero esta vez era diferente, la abuela estaba entrando en un estado muy grave. Tras ver clara su evolución decidimos hacernos con los billetes para esa misma semana, para anoche.
Estamos en El Cairo, a sólo un vuelo del final del viaje. Porque volvemos, sí, pero ese no es el
cambio más grande… Volvemos, porque la vuelta más grande e importante, no era en
torno al mundo, sino a nosotros mismos.
Y resulta que de viaje en viraje, entre tanta vuelta, incluso haciendo el pino, hemos encontrado las cosas en su sitio.
Uno de los bobotiempos más
absurdos de este viaje ha sido sin duda hacer todos los trámites para poder
cruzar las fronteras que nos separan. Si bien es cierto que unos visados han
sido más sencillos que otros, apestan, menos mal que no en todos los países
hemos necesitado hacerlos, algunos sencillamente te otorgan permisos de
estancia.
Nuestro primer visado lo
realizamos en Madrid, aprovechando una estancia allí, pues teníamos entendido
que el visado Ruso era complicadillo
y que te exigían un montón de historias… y algo cierto era. Conseguimos
contactar con la embajada Rusa para que nos aclarase todos los papeleos a
entregar. Unas fotos, formularios, pasaportes, fotocopia del seguro de viaje,
una carta de invitación y alojamientos y por supuesto fotocopia del ingreso
monetil a su cuenta bancaria. Un visado que poco tardó en llegar a nuestras
manos y que marcaba directamente el día de nuestra entrada en Rusia para una
estancia menor a un mes.
En Irkutsk, Rusia, hicimos
nuestro siguiente visado: el Mongol.
Sencillo: unas fotos de carnet, un formulario que realizamos en la propia
embajada mongola y dependiendo de la rapidez en que quisieras el visado (un
día, tres o una semana) ingresabas más o menos cantidad de dinero. Nosotros
aprovechamos nuestra escapada al Lago Baikal y a la vuelta recogimos el visado.
Un mes.
El visado Chino fue uno de los más complicados de hacer, quizá fuese
por hacerlo en la capital mongola (y las rencillas que se traen entre estos dos
países), o porque cambiaron ciertos requisitos poco antes. Sea como fuere, fue
una pequeña odisea. Fotos de carnet, formularios (esta vez 3 tipos diferentes),
una carta de invitación, confirmaciones de vuelo de ida y vuelta y de
alojamientos, un itinerario a seguir y fotocopia del pasaporte. Casi todo fue
falso, entre una agencia que falsificaba documentos y que los vuelos eran de
reserva sin pagar, fue todo un circo… 30 días por 35 dólares para los europeos
afortunados, 10 días por 160 dólares para lo estadounidenses…
Nos hicimos a la mar desde China
para atracar en el puerto de Osaka, Japón,
donde agradecimos que nos regalaran 3 meses de permiso de estancia turística nipona con posibilidad de ampliación.
De Japón aterrizamos en Nepal,
donde el visado nepalí lo pudimos hacer
in situ en el aeropuerto. Cogimos un formulario que nos dieron a la entrada,
dimos una foto, pago en mano y en 10 minutos teníamos nuestro visado estampado
en el pasaporte. Nosotros cogimos de 15 días, pero podías pagar hasta por dos
meses.
El siguiente visado, uno de los
más caros y pesados, lo realizamos en Katmandú, y como no queríamos andar de
idas y vueltas a la embajada cada tres días sino rular un poco por el país,
pues decidimos hacerlo mediante una agencia que se encargaba de hacer los trámites
por una comisión. Nos tuvimos que sacar foto ya que este visado exigía unas de
tamaño más grande, un par de formularios y fotocopias del pasaporte. Pero aún
con tanta sencillez dio la brasa, y es que al parecer acababan de cambiar los
requisitos, y ahora, todo el procedimiento pasaba a tomar un mínimo de… ¡14
días! Menos mal que la agencia lo agilizó un poco. El visado Indio tiene la peculiaridad de poner directamente los días
que puedes estar en India, son 3 meses, pero comienza a contar desde el mismo día
que te entregan el visado, estés donde estés.
En Nueva Delhi nos sacamos el visado Birmano, ya que habíamos oído
que conseguirlo al llegar era muy chungo. Éste, aunque pudiera parecernos
complicado, fue de lo más sencillos. Foto, formulario, reserva de avión de
entrada y salida del país, reserva de hotel y fotocopia del pasaporte. Y en 24
horas lo hubiéramos tenido en nuestras manos si no hubiera sido por las fiestas
de navidad. Este visado era de 28 días y uno de los más baratos.
El visado camboyano fue una maravilla… pese a tener que realizarlo.
Nada más llegar al aeropuerto de Siem Reap entregamos nuestro pasaporte junto
con 20 dólares (otro barato), una foto, y la ”arrival card” que nos dieron en
el avión. En menos de 5 minutos lo teníamos. Un mes.
En la capital camboyana hicimos
el visado vietnamita. Hicimos el
formulario en la propia embajada vietnamita de Phnom Penh, entregamos una
foto y el pasaporte, 60 dolaracos per capita y en 24 horas recogimos nuestro
pase a Vietnam. Un mes de permiso desde la fecha que establecimos.
Tailandia tiene la facilidad de dar permisos en la propia frontera o aeropuertos, con la peculiaridad
de que si cruzas por tierra te dan tan sólo 15 días, mientras que por aire te
dan 30. Sin fotografías ni nada. Un mes como tope sin ampliaciones bajo
pago.
Tras tantas fronteras, tras
tantas barreras invisibles que nos afectan a todos, pero de forma distinta a
unos y a otros, nos sentimos bastante cabreados. ¿Cómo puede ser que para
entrar a un país existan requisitos tan diferentes para unas personas y para otras,
sólo en base a su lugar de nacimiento? Es más, ¿Por qué existen requisitos para
moverse entre países?
Las explicaciones que hemos
encontrado hasta la fecha no nos convencen: regulación, control… Quien viaja no
busca imponer ni robar nada, sólo conocer, sólo aprender; quien emigra de su
país generalmente no lo hace por placer de modo que tal vez debería
preocuparnos más que está ocurriendo en su país de origen para que pueda
dejarlo todo atrás, a ciegas, y respecto a quienes se supone hay que temer, no
son tantos, y aún serían menos si desapareciese el concepto de frontera.
En Vietnam había más rusos que
gente local y resto de guiris juntos, y todo porque para rutar a otros países
pueden encontrarse tasas de entrada por las nubes debido a las políticas de su
país, ¿Pero qué diantres tendrán que ver esas personas (que un buen número ni
siquiera compartirá la visión de su gobierno) con esas bataolas de poder que se
traen los diferentes países? Y este no es el peor de los casos, hay personas de
ciertos países que se encuentran con la imposibilidad absoluta de entrar en
algunos países.
Nos encontramos con viajeros que,
independientemente de su país de procedencia, tras tantas fronteras, tras
tantas barreras invisibles, lo único que hallamos es lo absurdo que resulta que
nos creamos dueños de la Tierra, y nos separemos entre nosotros de esta manera. ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de que el mundo
no nos pertenece, de que todos buscamos lo mismo y de que si nos dejamos de limitar
al otro (que no es sino limitarnos a nosotros mismos), será más fácil y accesible para todos dar con ello, allí
donde estemos?
Soñadores, Idealistas…
¡Todo eso y mucho más, sí! Pero si
en algo creemos, es en las personas y en su capacidad de buen obrar. Y es que si algo
sabemos es que todos estamos en la misma ola.
Y en estas que viajando, a veces
me pregunto por qué hago todo esto, cuál es la razón por la que me he metido en
un embolado semejante.
Ver tal o cual lugar, conocer tal
o cual cultura… Y si bien es cierto que esto es muy enriquecedor, “quien vive
ve, pero quien viaja ve más”, también debo reconocer que más de una vez me
encuentro habiendo idealizado esos lugares, esas culturas, y llevándome por
ende, un pequeño chasco. ¿Qué es lo que esperaba? Tal vez algo a lo que
aparentemente no tuviese acceso en mi lugar de origen…
Hace tiempo, una persona muy
querida, entregada durante sus más de 30 últimos años a un arte extranjera, me
dijo algo que me marcó muchísimo. Ante mi insistencia acerca del porqué aún no
había viajado al país donde su arte nació y es, hoy día, afanadamente desarrollada
y reconocida; se limitó a responderme que -“¿Para qué? Puedo continuar
desarrollando mi arte aquí”.
La idea que me lanzó, o cómo yo
la encajé es, pues: ¿Para qué gastar tiempo y energía (además de dinero)
yéndote lejos a buscar algo que está aquí, que puedes desarrollar tú porque
está en ti?
Algo en mi interior me dice que
está en lo cierto, que no hay nada ahí fuera que no podamos encontrar en
nuestro interior. Sin embargo, a día de hoy, no consigo quedarme completamente
satisfecho, en paz, en mi lugar de origen, con lo puesto. ¡Aún estoy
conociéndome a mí mismo! Estoy encontrando aspectos de mí que están latentes y
que saltan magnéticamente cuando estoy en ciertos lugares, inmerso en ciertas
culturas. Como si me recordasen, como si las recordara. Por eso estoy haciendo
este viaje: Para verme reflejado en un lago ruso, en la taza de un té japonés o
en la mirada de un monje birmano y reconocerlo con todo mi ser, reconocer todo
mi ser.
El viaje comienza a ser más hacia
el interior que hacia el exterior. Hoy, viajo a sabiendas de que, "Quien viaja va por el mundo en busca de lo que necesita y vuelve al
hogar para encontrarlo".
Cuando viajas, y vas mirando a
través de la ventana de los trenes, autobuses, aviones o barcos; los contrastes
y diferentes paisajes que vas encontrando van transformando tu visión. Una
nueva mirada surge para contemplar la Tierra. Lo que fue, lo que es, lo que puede
llegar a ser.
Una ventana al mundo concedida
por el tiempo, el apoyo y la dedicación que quizá de otra forma no tendríamos.
Por ello, y aunque haya momentos que resulten cansados, todos los desplazamientos
los acogemos con gratitud.
Nos encanta estar en movimiento
estando quietos. Estar quietos estando en movimiento ¡Uno de los platos fuertes
de este viaje!
A medida que nos hemos ido
alejando y más tiempo ha trascurrido desde nuestra partida más sentimos el
desapego. Desapego, a la no necesidad de algo. Hemos ido liberando unas cadenas
y/o barreras que nosabemoscuándo nos hemos puesto con el pensamiento y que nos
ataban a estar cerca para no sentirnos lejos. ¿Pero cerca de qué, de quién?
Ahorasentimos
que lo que aleja y distancia a las personas, no son los kilómetros que les
separa, sinonosotros mismos. La distancia en sí
no es el detonante, podemos estar cerca y sin embargo estar a mil años luz por
falta de comunicación, de empatía, de respeto… Y podemos estar a mil años luz,
sin vernos durante mucho tiempo y, sin embargo, sentir que esa persona está
cerca, tan cerca que la puedes ver, sentir e incluso abrazar. El pensamiento es
un don muy poderoso que puede hacer del cielo un infierno y del infierno un
cielo.
“¿Por qué grita la gente cuando está enojada? -Porque
perdemos la calma. Respondió un monje- por eso gritamos. -Pero, ¿por qué gritar
cuando la otra persona está a tu lado? – Nadie dijo nada. Al final, el maestro
dijo: Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para
cubrir esa distancia, deben gritar para poder escucharse. Mientras más enojados
estén, más alejados estarán y más fuerte tendrán que gritar para escucharse el
uno al otro. Luego el maestro añadió: ¿qué pasa cuando dos personas se
enamoran? Se hablan suavemente porque sus corazones están muy cerca. La
distancia entre ellos es muy pequeña.”
Este viaje está siendo muy
importante para mi y me está ayudando a abrir mucho mi cabecita cuadrada.
Estamos conociendo a mucha gente. Cada uno es diferente y nos está aportando
ideas y racionamientos nuevos. Cada uno de ellos tenía su vida establecida y
sus dificultades y facilidades para ella, pero todos tenemos un punto en común: la fuerza que
nos ha empujado a viajar por el mundo. Tal vez para dar un giro a
nuestra forma de vivir o pensar y establecer una cordura dentro de nuestra
locura, o tal vez simplemente por gusto. Unos viajan solos, otros en pareja, otros en grupo, y otros se van uniendo en el camino para compartir parte de sus vivencias juntos. Unos por un tiempo vacacional, otros tienen un tiempo definido y otros indefinido.
Nuestra vida de viajeros esta siendo un constante desarrollo y aprendizaje, no sólo a nivel personal de saber moverse o a nivel de comunicación, sino la riqueza de la gente que se va uniendo en el. Para mí, lo que hace especial esto, y todo, son las personas. La capacidad que tenemos para confiar y ayudarnos mutuamente, y la energía que se forma en ello. Los lugares a visitar ayudan también, claro!
Aquí, estamos conociendo gente muy "loca", pero por más locura que resulte cada historia o cada viaje, es la vida de cada uno de ellos. El que acaben realizándolo o el creer que tenemos razón y que nuestra idea es mejor, es una tontería enorme. Para cada uno, su elección es la mejor porque la elige él, y aunque todos vayamos al mismo lugar, cada uno elige formas diferentes, pueden tardar más o menos, gastarse más o menos, ver más cosas o menos, pero cada uno hace el camino que quiere y que necesita hacer. Es como en la educación, pretender que todos tengamos el mismo ritmo y nivel de estudio es absurdo, porque cada uno aprende de forma diferente y le motivan cosas diferentes, asique tenemosasignaturas diferente que se nos dan mejor y peor, pero ello no significa que seamos mejores ni peores.
La familia en la que nacemos marca
en buena medida la forma de ver la vida y de desenvolvernos. Ella nos aporta su
visión y es nuestra referencia. El hecho de ser de una religión u otra, de
tener una cultura y costumbres u otras,… y todo ello está muy bien, porque
necesitamos ese referente para aprender y no sentirnos perdidos, necesitamos
esa protección y cuidado que nos brinda, pero una vez que alzamos el vuelo, está
en nuestra mano seguir creciendo, seguir aprendiendo y evolucionar, creándonos
a nosotros mismos y creando nuestra propia visión.
En muchos casos he oído la
frase de que hay que ganarse la vida, hay que mantenerse en una quietud que te
permita estar en perpetua tranquilidad donde todo este bajo control. Pero que
ocurre cuando no nos sentimos afines a esto? ¿qué ocurre si no hay esa
seguridad ni ese control? Bajo mi punto de vista, la vida la tenemos ganada
desde que nacemos, el amor incondicional también, y el ser felices es nuestro
legítimo derecho. Durante años y años, nuestros antepasados ya nos dejaron el
legado de que somos capaces de adaptarnos a las nuevas situaciones, sólo
necesitamos la alianza de la confianza.
Este viaje, de momento, me está
enseñando que el tiempo y las circunstancias no existen, sino que las creamos
nosotros por más duro que nos resulte asumirlo. Toda atadura que impida hacer
una cosa u otra es fruto de nuestros miedos a diferentes cosas. Somos más
participadores de lo que creemos y la suerte, facilidades o desdichas, no es
fruto del azar. Creo que somos nosotros los que nos ponemos las trabas y
acrecentamos nuestras dificultades porque creemos que no somos capaces, pero
eah! Ahí está el quid de la cuestión, no hay obstáculo que tengamos que no
podamos superar, y si creemos que lo hay, creo que hay que dejarlo pasar. Como
dicen los Beathes: let it be! A veces no se gana más por empecinarnos, sino que
ganamos cuando perdemos algo o lo dejamos ir. Todo enseña, lo que ganamos y lo
que perdemos, porque hay cosas que nos sobran.
Nunca y siempre es el momento
perfecto para hacer lo que deseamos hacer, sólo hay que saber qué es lo que se
quiere e ir a por ello. Creernos capaces de hacer cualquier cosa, por más locura
que resulte o por más pájaros que parezca que tenemos en la cabeza, hace que nos sintamos
vivos! Dejad que vuelen alto, porque sólo nosotros sabemos hasta dónde poden llegar. El miedo y las inseguridades parecen más fuertes que la voluntad, nos
bloquean y entorpecen nuestras capacidades y encima nos autosabotean en
nuestros qué haceres.
Ojalá podáis entender lo que
digo, aunque me explique un poco enrevesadamente, y encontremos la forma para
deshacernos de ello, como yo estoy empecinándome en hacer en este viaje. Me está dando la oportunidad de aprender mucho y deseo preservarlo para la vuelta. Creo que es positivo un
tiempo de reflexión, y este viaje me lo está dando. Eso y toda la gente que nos
estamos encontrando, ni os imagináis la de gente que hay dando la vuelta al
mundo, de todas las edades y por diferentes razones… es increíble y es mágico.
Lo más bonito que tiene esta tierra son los seres vivos, sólo está en nuestra mano qué tipo de relaciones queremos tener entre nosotros. Siempre hay alguien que te ayuda, que te sonríe, que te mira, que te escribe… siempre hay alguien para nosotros y es que el viajero nunca viaja sólo.
Muchas veces me encuentro
escribiendo cartas a las personas de he dejado atrás, cartas que nunca llego
a escribirse, catas que nunca llego a mandar. Pero son momentos muy especiales
en los que por unos segundos esas personas están conmigo compartiendo nuestro
camino. Las tengo muy presentes siempre y las quiero un montón.
Hemos pensado que es interesante que vayamos escribiendo nuestro pensamientos y sentimientos a lo largo del viaje. Porque hemos ido notando que muchas ideas han ido madurando o cambiando durante los últimos meses. También el país en el que estamos hace que reaccionemos y vivamos nuestra "vida traveler" de una forma u otra.
9/10/2012
“Quien vive ve, pero quien viaja ve más”. Proverbio árabe.
Se puede vivir la vida de un sinfín de formas. Con más o menos experiencias la vida pasa, pero no igual.
A menudo nos hemos visto algo apenados preguntándonos cómo hemos podido dejar pasar tantas experiencias en nuestro día a día. Cenas con amigos que se posponen hasta el infinito, una escapada al monte con tu tío, comidas familiares, compartir unas cervezas o algo con gente que hace tiempo que no ves… Todas aquellas situaciones que creemos estarán ahí, esperándonos, hasta que decidamos llevarlas a cabo.
En el día a día fueron tantas las veces que tuvimos a la familia, los amigos, los lugares que queríamos visitary las cosas que queríamos hacer tan cerca y tan lejos.
Quizá nos absorba tanto nuestros quehaceres y nos creamos tan ocupados que no nos damos cuenta de que las oportunidades y el tiempo corren, y quizá no vuelvan. Lo que sí nos damos cuenta, y en lo que parece que más gente coincide, es que parezaca ue los años pasasen más rápidamente. Aun así, seguimos insensibles a ello.
Este viaje nos está ayudando a ver esto con más claridad. A aprovechar, o procurarlo al menos, el momento que tenemos y que podemos compartir con nuestros amigos viajeros o con los lugares que estamos visitando porque, tal vez, no los volvamos a ver.
La paradoja es que viajando, la estabilidad de estar en el hogar, de conocer tu entorno y estar con los amigos o familia desaparece, por lo que resultaría más sencillo y cómodo hacerlo cuando se está en casa. Al vivir de esta forma e intentar aprovechar esas situaciones, todo pasa aún más rápido, pero deja un sabor, un color y no esa melancolía de ese “me gustaría” o “hubiera estado bien”.
Desde aquí, la sensación es de no saber cuáles son las prioridades, que las circunstancias externas, como ver la tele, el mal tiempo, el trabajo, la sensación de cansancio, la pereza… hace que restemos importancia y desvaloremos el momento presente y las personas que nos rodean. Como si fuésemos dueños del tiempo y estuviese en nuestra mano pararlo en el momento que nosotros decidamos, como si no nos quisiésemos quitar las vendas de los ojos, para no ver que la vida se pasa y los momentos también. Hay miles de trenes pasando, pero hay que decidirse a cogerlos, porque puede que llegue el día en el que nos demos cuenta de que llevábamos tiempo esperando un tren que, sin querer, dejamos marchar y que era el último.