5 dic 2012

Un día muy especial

Interrumpimos la emisión para comunicar que hoy, 5 de Diciembre…  ¡¡Amaia cumple 28 añazos!!
 
Sin saber cómo, desde Kyoto, nos hemos despertado en Varanasi, India, justo a tiempo para ver el amanecer  en el Ganges, y agradecerle a la vida, por todo.
 
Dicen que en esta edad acaba un ciclo, el cuarto septenio de nuestras vidas, que suele estar regido por la búsqueda… algo nos suena. Lo viviremos con total plenitud.

 
Gracias

4 dic 2012

Ohayô gozaimasu, Kyoto!!

La entrada al país del sol naciente fue muy sencilla y cómoda: mostrar el pasaporte y ala, 90 días de visado gratuito, si fuera así en todos los países… Pero esto sólo era el principio, las diferencias con otros países, más concretamente con china con quién se le asemeja y se le confunde a menudo, las sentiríamos abismales. La limpieza, la educación, la higiene, la tecnología, las facilidades, los precios fijos, el carácter… esto es otro mundo.


Llegamos a Osaka, y una vez conseguidos los yenes suficientes para comprar comida y los billetes de metro (aquí volveríamos a sufrir de “rascamiento excesivo de cartera”), nos despedimos de Armando y Nico, ya que ellos optaron por quedarse allí unos días, pero sabíamos que nos  encontraríamos más adelante.
Nuestro primer destino nipón era Kyoto, la antigua capital de Japón. Llena de tradición y cultura, y es que aunque por ella también hayan pasado los años y la hayan modernizado, han respetado muchísimo su esencia: sus tradicionales calles, sus templos y sus espacios naturales. Allí, esta vez sí, nuestros Japan Rail Pass nos esperaban en el albergue, los billetes que nos permitirían coger todos los trenes que quisiésemos durante una semana a un precio muy reducido. Había sido una odisea, porque a pesar de conseguirlos fácilmente en Vitoria, vimos como el viaje se nos alargaba un poco más de lo esperado y como, por tanto, la fecha de “caducidad” para su activación nos iba a dar alcance (de ahí que lo reenviásemos para que nos los renovasen). Tras muchas vueltas estaban con nosotros ¡Y menos mal porque estos billetes no se pueden comprar una vez dentro de Japón!


El mismo día en que llegamos, y tras conocer nuestro primer albergue de la ciudad (y es que por habernos confiado perdimos la comodidad de tener el mismo alojamiento para todas las noches) pudimos visitar el Templo de Sanjusangendo, cuyo interior albergaba 1.000 budas a tamaño natural, y uno más, enorme, que contaba a su vez con 1.000 brazos; y donde además ¡Musashi Miyamoto se enfrentó a Denshichiro, del clan Yoshioka! sí, somos unos frikis del manga Vagabond, que por cierto Mikel compró a precio de risa su último tomo, eso sí, en japonés.
 
Uno de los templos con mejores vistas de la ciudad es Kiyomizudera, el tempo del agua pura, donde Amaia hizo el ritual de beber del agua que emanaba de la tierra para llenarse de salud y buenos augurios, y donde nos acordamos muchísimo de  una amiga suya de la infancia de ascendencia nipona. Nos dio la sensación de que aquel lugar nos estaba dando un mensaje para ella.


 
Había muchísimas excursiones organizadas por colegios e institutos, y estaban hasta arriba a pesar de ser fechas festivas para ellos. A la salida, un pequeño grupo de niños de primaria nos quiso hacer una “entrevista” para así poder practicar su inglés. Nos agradecieron nuestro tiempo regalándonos un presente, que más tarde abriríamos y nos encontraríamos la grata sorpresa de una carta de agradecimiento y una cadena de grullas de origami (figuras de papel hechas a mano). Esto de recibir regalos, en este país, sería toda una constante, y cada vez de más valor y más dulces.
 
Un regalo maravilloso que nos tenía preparado y que aguardaba a nuestra llegada y paseo por sus tierras fue el otoño japonés y su árbol por excelencia: el momiji, arce japonés. Desde el primer día alucinamos con sus intensos colores pero su verdadera explosión cromática estaba aún por darse.
 
Recorrimos el paseo de los filósofos, con su ambiente super relajante que realmente incita a charlar largo y tendido mientras sigues el curso del río hasta perderte en un complejo de templos de una belleza y paz sin igual.



 
Retrocedimos en el tiempo para contextualizarnos en el barrio de las geishas, donde no conseguimos ver ninguna más que un par ya montadas en los taxis, son muy difíciles de ver porque son un tesoro muy preciado, pero alguna “Maiko” y “Geiko”, aprendizas de geisha, sí que pudimos ver


 
Nos quedamos deslumbrados con el templo dorado, el templo de Ryoanji con su jardín zen nos dejó de piedra y atravesamos el verde bosque de bambú hasta llegar al barrio de Arashiyama.
 

 

 
Tuvimos la gran suerte de poder entrar en el palacio imperial, sólo abierto cinco días al año.  




También nos dejamos impregnar por el colorido y flórido templo de Heian Jingu.

 




Desde bien tempranito nos empezamos a aficionar al sushi, suerte que encontramos un sitio muy barato de esos en los que vas cogiendo los platos que quieres degustar... lo malo es que ¡los quieres todos!
 

Cruzamos todos los toriis de Fushimi-inari, un sinfín de puertas que una tras otra van bendiciendo nuestro camino hasta alcanzar el templo a lo alto de la colina, uno de los sitios más representativos de Kyoto y que le convierte en uno de los lugares más especiales y mágicos de Japón, al menos para nosotros.
 
 
 
Kyoto tiene muchiiísimos rincones donde poder pasar horas y horas (y días y días…) y todos con un encanto muy especial, y único. Hasta Amaia acabo diciendo eso de “¡es que Japón es la host…! Que Mikel tantísimas veces le había repetido. Hay mil y un detalles que marcan la diferencia, que hacen de este país un lugar increíble, e insistimos, rematadamente único. No podíamos haber empezado nuestra visita desde un lugar mejor, ¡Kyoto es la ciudad!
 

3 dic 2012

¡Nos hacemos a la mar!

La noche dio paso al amanecer y un brillante sol renació bañándonos en color y calor, y es que la tierra del sol naciente nos esperaba.
 
¿¡Ya cabemos en esa barquita!?

 
Llegamos al puerto con el dinero justo para pasar los dos días que duraría el trayecto, pero nos encontramos con un par de tasas extra que nos dejaron peladicos, menos mal que coincidimos en el ferry (como no podía ser de otra forma) con Armando y Nico que nos dejaron algo de money… porque aunque llevábamos unos víveres (¡la bolsa de la comida nunca ha de estar vacía!) si no habría tocar hacer ayuno inconstitucional.



En los dos días que duró el viaje tuvimos tiempo para relajarnos en el tan deseado onsen (sento, más correctamente), baño tradicional japonés con el agua bien calentita, una delicia que llevábamos tiempo deseando y que no esperábamos encontrar hasta pisar tierra nipona… Para dormir, descansar, charlar con estos dos elementos y alguno más (¡Indiana Jones!), disfrutar del mar (aunque Amaia se tuvo que tomar alguna que otra pastilla para el mareo), escribir y pensar.

El barco iba practicamente vacio. No sabemos si fue por las fechas o por la actual crispación entre China y Japón por el tema de la pertenencia de una islas que se encuentras en medio de ambos países. En principio eran japonesas, sin embargo antes de salir de China vimos algunos cartel que bastante directos y ofesivos contra el pueblo japonés. Sea como fuere, nosotros disfrutamos de todo el barco a nuestras anchas.


Fue mágico hacer parte del camino por el mar, después de tantos rígidos railes y polvorientas carreteras, el mar se nos antojó pleno de libertad, e insondable. Las noches, mirando por la escotilla, pasaron fugaces, hipnotizados como nos dejaban el baile entre la luz de las estrellas y la espuma marina, entre el batir de las olas y nuestra embarcación.

¡¡Tierra nipona a la vista!!


Combate de Sumo para festejar la entrada en Japón
Un nuevo país nos aguardaba... Bueno, nuevo para Amaia, para Mikel algo más que un viejo amigo.