12 ago 2012

Amour en Strasbourg

Y cual efecto de un boomerang, llegamos al punto más cercano a nuestro punto de partida que tendremos en todo el viaje. Comenzamos en dirección al este hasta llegar a Cracovia, de ahí retornamos hacia el oeste, no por marear, tiene su explicación pero es muy larga!

El primer monumento que encontramos en esta bella ciudad, fue el de la foto siguiente, que indica que Strasbourg está situado en un codiciado enclave geográfico, por el que tanto alemanes como franceses han estado luchando, de ahí, esta escultura a todos aquellos muertos por sus guerras. El drama se materializa en esta mujer que sollozando arropa bajo su seno materno tanto a su dos hijos muetos, uno frances y otro alemán.




¿Qué nos depararía la ciudad? Sabíamos que habíamos elegido este destino por algo... ¿pero por qué? Puede sonar a broma, pero resulta que el interrail fue lo primero que organizamos. Eso significa que que la cantidad de lugares a visitar que fichamos después es muy grande. Había algun destino que sabíamos, podíamos dejar fuera de juego, pero teníamos la sensación de que Strasburgo no era uno de ellos... ¿Pero por qué?






Entrando en el centro fuimos descubriendo el encanto de esta villa. Recordando cómo se las gastan los franceses para hacer de sus ciudades lugares con un encanto especial. Pero, ah, esto no era sino el principio...





Llegamos al rio Rin, cuyos canales atraviesan la ciudad y envuelven su barrio más visitado por todos los turistas: "La Petit France". Barrio que nos cautivó con sus típas casas y rincones colmados de flores... colmando el lugar de romanticismo. Ahora ya recordabamos el porqué de nuestra selección. ¡Y vaya elección!





C´est voilá! Oh la la...













Aprovechamos al máximo nuestra estancia en Strasburgo, dedicándole tiempo para conocer cada rincón. Si bien desde el primer momento en que llegamos al corazón de este maravilloso barrio, nos quedamos prendados de él.



Guardando un bello recuerdo

11 ago 2012

Hei, Heidelberg!



Llegamos a Heidelberg al atardecer, con muchas ganas de echar el ancla en el albergue. Sabíamos que no íbamos a cualquier albergue, este era especial. Steffi, la dueña, hizo de un piso de unos almacenes (cuya base era un supermercado), un sobre acogedor albergue.
Cada habitación estaba caracterizada con distintos motivos, por ejemplo, la que nosotros compartimos con dos húngaras, transportaba al fondo marino, como no podía ser de otra forma estando Mikel leyendo “20.000 leagues under sea” de Julio Verne.

Al son del vaivén de la hamaca

Preparando una cena de lujo

 Las zonas comunes, especialmente la cocina y la sala común estaban muy mimadas, con alimentos gratuitos para los huéspedes, todo tipo de utensilios culinarios, ordenadores y wifi gratis, intercambio de libros (donde Mikel triunfó) y una buena colección de juegos de mesa que incluso incluía el de “Game of Thrones”. Fue un gustazo ver como todos los alberguistas colaboraban en mantener este albergue con tan buen rollo. ¿Se nota mucho que nos pagaron para promocionar este albergue?



Desayunamos de camino al centro. Las pocas calles de la ciudad se alargan acompañando al rio en un bonito paseo entre edificios cada vez más pintorescos. Llegados al centro, un coloso emerge del monte que protege la villa, es el antiguo castillo del que tiempo ha, pasaron sus mejores años.



Cuesta arriba, a medida que nos acercábamos al castillo, íbamos comprobando cuán poco quedaba del esplendor que un día luciese. La entrada no era cara, ¡costaba un ojo de la cara! Así que nos dedicamos a imaginar su historia: que si se habría construido tirando de la cantera del propio monte; que si además de fortaleza a juzgar por sus jardines, debía alojar a la nobleza, tal vez como residencia de verano; que si algún bombardero había dado el toque de gracia a los años de desuso…










También nos surgió un tema de debate después de ver las obras y cambios que estaban haciendo en los jardines, principalmente, cuando en una xilografía pudimos ver el aspecto que presentaba el castillo unos siglos atrás. El tema de reflexión era sobre la belleza en la construcción, sobre cómo hemos pasado de utilizar muchísimos elementos en una compleja construcción de edificaciones llenas de un detallismo inusitado a una completa sencillez, sobriedad y que simplifica al máximo el detalle llegando a carecer de él. Ahora bien, divagamos y divagamos y uno se fue por los cerros de Úbeda (si esto ha sido causado por la modernización de las tecnologías y su consecuente trabajo de producción, o porque realmente el ser humano busca más la sencillez), y el otro por los viñedos de La rioja (si la belleza radicaba en la sencillez de lo nuevo o por el contrario en el arduo esfuerzo y la complejidad de lo antiguo). No, si aburrirnos, no nos aburrimos jajajaja




En un par de horas saldría el tren que nos llevaría a Strasbourg, de modo que aún contábamos con un ratito para callejear.



Y fue en esas que, atraídos por la luz de una tienda de piedras preciosas, ¡vimos la amatista más grande que jamás hubiéramos imaginado! El dueño, un auténtico coleccionista, nos contó que la había traído de Brasil, donde antes de cortarla pesaba la friolera de 760kg.

Alas de amatista


Mediodía en Würzburg

A mitad de camino hacia nuestro siguiente destino: Heidelberg en Alemanía, hicimos una pequeña escala en un pequeño pueblo llamado Würzburg.



Tras un breve paseo a orillas del rio que nutre al pueblo, y con el castillo como telón de fondo, no pudimos sino unirnos a las personas que, gozosas, charlaban mientras comían sentados en los bancos del paseo. Así que simplemente disfrutamos de nuestra comida de lujo: bocatas y ensalada, del supermercado (una vez más).



Con algo de tiempo hasta la salida de nuestro siguiente tren, hicimos una incursión por la villa. Por si acaso no nos habíamos relajado lo suficiente, encontramos, en los jardines de un palacio, el lugar idóneo para hacer lo que más nos gusta: dedicarnos tiempo a nosotros mismos.






La visita fue fugaz, y un par de horas después, ya volviamos a apear nuestros traseros al son del tracatrá del tren. El tracatra del tren, el tracatra del tren…

7 ago 2012

Conociendo Praga

Volvimos a dar uso a la “regla del 7” del interrail, que permite coger un tren directo a partir de las 19:00 p.m  y arribando más tarde de las 4:00 a.m, figurando como si sólo hubiese viajado el día de llegada (lo cual además de ahorrarte una noche de alojamiento, da margen a volver a moverse hasta las 24:00 de ese día). 

Esta vez nuestro tren-cama… no fue tan idílico. Tanto el tren como sus cabinas eran más viejas e incomodas. Además, esta vez no la compartíamos con otras dos personas, sino con cinco más, tenemos que contar un bebé en camino. El trio en cuestión, neozelandés él, australiana ella y el futuro ciudadano del mundo , llevaban unas cajas embaladas enormes que ocupaban mucho espacio, unidas a las mochilas de otros cuatro backpackers, ¿podéis imaginaros qué resultado da? ¡El juego del Tetris!
Ya en  Praga, nos plantamos muy prontito en el albergue. Y lo de que “al que madruga dios le ayuda”… ejem,  falla si la recepcionista no madruga. Estuvimos esperando un buen rato, deseosos de dejar ya los fardos y salir a conocer la capital de la república checa, y tras hablar con las primeras personas alojadas que dieron señales de vida matutina acerca de lo desastre que era esa recepcionista, nos decantamos por dejar las mochilas en la habitación de unos argentinos. Quedamos en volver a vernos con ellos al mediodía, pues sería cuando ellos hicieran el check out y nosotros el check in. Lo gracioso fue que estuvimos hablando en Inglés, tanto con estos argentinos como con un chileno y un brasileño hispano-parlante… no fue sino hasta que alguien dijo “voy a cagar” ¡que se descubrió el pastel!


La mañana en Praga nos dio para mucho, pudimos ver la plaza central, con su iglesia de la Victoria del Nio Jess y el reloj astronómico, la calle principal y el museo, el paseo por el río con vistas hacia el castillo...


Nos pareció una ciudad cuyo núcleo central, aun no siendo pequeño, nos resultó algo claustrofóbico, estando como estaba petadísimo de turismo y con tantísimas tiendas de souvenirs, aun así, y como varias veces dijéramos, -“Praga, sólo te sobramos nosotros, esta enorme muchedumbre veraniega”. Bastaba mirar por encima del tropel para quedarse prendado, quizá por los tejados góticos de las torres que esculpen la silueta de la ciudad, es un lugar que enamora.



Unas risotadas nos llevaron a la entrada del museo erótico, donde encontramos el "Love Tester", una maquina que señalaba el nivel de fogosidad de cada persona. El abanico de posibilidades iba desde "congelado" hasta "bomba sexual" , pasando por "frio, templado, caliente, salvaje y ardiente". Adivina adivinanza...

 

La zona más pintoresca la encontramos pasando el río Moldava, cruzando el puente de Carlos con sus esculturas custodiando el paso del visitante que lleva a la parte más antigua de la ciudad y donde se alzan la catedral de San Vito y el castillo.


Fiesta en la casa del Señoooor!







 
A la orilla del río, se encuentra el barrio pesquero “Mal strana”. 



También hay un pequeño parque con la juventud (de espíritu también, ea) relajándose a la luz del atardecer y de la cerveza, y donde Mikel pudo compartir un “momento Slackline”.

Claro que, despues de la cerveza le costó andar equilibrado

Al atardecer, Praga se vistió de luces y mostró su lado más fantasioso.
Tyrion y Jaime, de la casa Lannister

 
Un rio de gente cruzando el rio Moldava

 
Si cabe, Praga se torna aún más bella al anochecer 

Cúspide de las torres, construidas íntegramente en madera






Aún teniendo una vida nocturna muy concurrida, tuvimos un instante mágico, acompañados por una brillante luna llena, teníamos ante nosotros el escenario perfecto para dejar que la imaginación reconstruyera cualquier historia que se propusiera, entre otras; crónicas vampíricas, hechizantes leyendas de brujas, hombres lobo y demás criaturas de la noche.



¿Sólo ante el peligro? ¡Vente pacá criatura de la noshe, que te vi a dá lo tuyo!